
Anoche dormí pésimo. Antes de acostarme hablé por teléfono
con mi amiga Maca y le conté lo del “Personal Trainer”, lejos de darme coraje y
felicitarme por tan saludable iniciativa, se dedicó a infundirme terror. “¿Pero
no te da miedo meter a un desconocido en tu casa?”…gluc! No lo conozco, tenía
toda la razón. Lo había visto sólo una vez y me había parecido confiable. Una
vez sembrada la semilla de la paranoia en mi cabeza no podía dejar de pensar en
todas las maneras posibles en que el “personal trainer” me podría asesinar. ¿Y
que tal si en vez de perder kilos …perdía la vida…? ¡noooooooooooooooooooo!.
Entre pesadilla y pesadilla decidí que llamaría a primera hora al “presunto
asesino” y le diría que mi pololo se había puesto celoso y que no era buena idea
y que él iba a pagar y varias chivas más. Traté de seguir durmiendo, antes de
conciliar el sueño otro pensamiento comenzó a bailar en mi cabeza. ¿Qué tal si
esta era la perfecta excusa para seguir siendo marmota? Cuatro horas antes
estaba tan decidida a cambiar mi vida, mis rutinas, mi salud ¿y ahora por un
comentario me iba a seguir revolcando en mi marmotismo? No, no no. A dormir que
mañana hay que levantarse llena de energía para ejercitarse…y con la carita
llena de risa.
Desperté a las 8 y media, justo una hora antes de que
llegara David, el “estrenaol”. Mientras me hacía desayuno no podía dejar de
pensar una y otra vez si era buena idea. Decidida tomé el teléfono y lo llamé
para decirle que no viniera y le daría las excusas que ya había masticado
bastante.
-Aló
-Aló David, hola…eh ¿Ya vienes en camino?
-Sí, ya voy en la micro.
- Aaaah, ya…eh… eso quería saber. No vemos…
No me atreví a decirle que no viniera. De verdad quiero
dejar de ser una marmota, pero no me quiero poner en riesgo. Así que idee un
plan. Bajé a hablar con mi conserje Don Juan. Algo así como mi ángel guardián
desde que me cambié a este edificio. Le dije que le pediría un favor raro. (A
estas alturas ya está acostumbrado). Mi encargo esta vez sería que cuando mi
entrenador llegara Don Juan le exigiría llenar una ficha con sus datos y le
retendría el carnet de identidad hasta que se retirara, que de otra manera no
podía autorizar su ingreso.
Don Juan es un seco, revivió sus años de gloria en
carabineros y cumplió con creces mi encargo.
Finalmente David llegó a mi departamento, listo para
comenzar mi entrenamiento. Una razón importante por la cual lo elegí a él para
esta tarea es que me cayó bien. Es “livianito de sangre” como diría mi mamá. Ni
sobrado, ni fantoche, ni mijito rico, ni “pasao pa la punta”. Es un piola que me
habla de su polola y de su gato con el mismo cariño. Teo, mi gato le agarró
buena al tiro y se acostó en su mochila.
-“Ya, ¡manos a la obra!
Me subí a mi bicicleta elíptica ya acostumbrada a su vida de
perchero. Me pidió que calentara unos ocho minutos en la intensidad más baja. Yo
pedaleaba y él tomaba notas. No podía dejar de imaginar la de rollos que se
estaría pasando mi pololo en este momento. Me había tirado ya un par de frases
célebres que demostraban que no le era del todo indiferente que otro hombre
estuviera a solas conmigo. A Daniel, yo no lo consideraría un celoso, ni él
tampoco. Pero tiene esa cuota necesaria de macho alpha territorial. Cuando supo
que el entrenador vendría a mi casa su primera frase sonó más bien paternal:
-
“¿y ese entrenador no tiene un gimnasio ponte
tuuuuuuú?
Entendió mi argumento de que no me quería encerrar en un
gimnasio para adoptar el hábito de ejercitarme en cualquier lugar.
Y hoy temprano cuando le conté del miedo que me había metido
mi amiga y del plan que tenía con el conserje su frase fue:
-
“Osea que una mina deje entrar a un musculín en
su casa puede dar señales confusas, no crees tú?
Le expliqué que no era un musculín prototipo de personal
trainer de película porno, se relajó y me dijo q en venganza contrataría a una
profesora de yoga para que fuera a su casa (mientras no sea la de “Soltera otra
vez” todo bien).
Luego del calentamiento pasamos a las sentadillas, penosos
sonidos salían de mis rodillas. Y ante mi cara de plancha David me iba
explicando porque sonaban, como se corregía y me alentaba a hacer 2 series más.
Luego mi mat de Yoga sirvió como una
perfecta colchoneta. Todo tipo de abdominales, estiramientos y repeticiones
siguieron el circuito de ejercicios preparados por el profesor. Teo aprovechaba
de rodar y ronronear alrededor mío. A pesar de los pronósticos de David, este se
sorprendió con mi resistencia en los ejercicios. Años de yoga habían dado sus
frutos. Pero aun quedaba muuuucho por delante. El siguió anotando cosas en su
libreta y yo solo le pedía que no me dejara destruida en la primera clase. Empeñosa
pero no mártir.
Terminó la hora de entrenamiento y debo reconocer que se me
hizo corta. Fue entretenido, menos torturador de lo que había pensado y para mi
suerte, David resultó no ser Jack el destripador. Pero si un entrenador
informado, bien pedagógico y motivador. Quedé contenta con mi elección.
Quedamos de vernos el viernes a la misma hora y si no hace
mucho frio iremos a las maquinitas del parque. Me dejó tarea para la casa eso
sí. Mañana tengo que andar en bici o caminar por lo menos media hora.
Después de que el entrenador se fue, me senté en mi cama para
tomarme un cafecito con leche y sin darme cuenta perdí la conciencia y
desperté a las 2 de la tarde. Estaba
raja. Raja, pero feliz. El primer paso para dejar de ser una marmota había sido
dado.
El resto del día lo ocupé trabajando para un pituto y
contando calorías, llevando un registro de todos los alimentos que me llevé a
la boca. Tarea tediosa, puesto que mi resistencia a la insulina me obliga a
comer cada dos horas. Una aplicación en mi BlackBerry me ayuda a llevar un
record más ordenado para no pasarme de las 1.500 calorías que tengo que comer.
A las 8 de la noche ya no daba más. Muerta de sueño y de
frío me zambullí en mi cama con scaldassono prendido. Una marmota no está
acostumbrada a esto, así que supongo que me descompensé, supongo. Mi único
temor es que mañana no me pueda mover. O que me duela hasta el pelo. Pero hay
algo que no me asusta, porque de lo que
si estoy segura es de que esta noche no escucharé historias horrorosas de
crímenes en mi cabeza, me acompañará una melodía profunda y sanadora, algo así
como un Réquiem para una marmota.